Pongámonos en situación: una tarde cualquiera de otoño, un sol radiante
y un fuerte cielo celeste, parada en una esquina esperando que venga el
colectivo. Aclaro que, hablo yo pero somos vos y yo los que estamos en esa situación.
Corre una brisa no muy fría. Cierro los
ojos convirtiendo el soplo del viento en un abrazo.
Levanto mi cabeza y logro ver como la caricia del viento mueve las
ramas que hay sobre mí, movimiento que logra arrastrar con él hojas de colores cálidos.
La imaginación traza en mi mente un mapa gigante donde la trayectoria de esas
hojas marca viajes inesperados, caricias de la naturaleza para quienes estén atentos
a ellas.
La llegada del micro interrumpe mis pensamientos. Confieso que me
gusta viajar, sobre mar y aire me ataca un poco el vértigo, el tren y el
colectivo son mis favoritos.
Simplemente Viajar… ¿no les paso alguna vez quedarse sencillamente
maravillados por los encuentros que se producen a nuestro alrededor cada vez
que viajamos?
Me gusta mucho el estación a estación, o de terminal a terminal, ver a
familias reencontrarse o despedirse, ver a parejas iniciar un viaje juntos con
todo el entusiasmo, ver a niños inquietos por tener que estar sentados, cuando
en realidad quisieran estar explorando cada rincón de ese vehículo en
movimiento. Definitivamente me gusta viajar, me gusta lo que me encuentro, me
gusta escuchar conversaciones ajenas y crear historias en mi cabeza, me gustan
las miradas encontradas con desconocidos, me gusta saber el título de cada
libro que me encuentro en manos de algún lector empedernido, que usa cada
minuto del viaje para abstraerse en ese compendio de palabras.
En esto de volver a poner la mirada sobre lo cotidiano, compartiéndote
lo que me hace bien, para que te preguntes y busques qué es lo que te hace bien
a vos, pienso en que quizás muchas veces los tiempos acelerados de la rutina y
la fuerza de nuestras propias exigencias
(a veces provocadas por las expectativas de otros, a veces creadas por lo que
nosotros mismos creemos que otros esperan de nosotros) nos impiden ver los
pequeños milagros, la lluvia de emociones, las pequeñas caricias del mundo para
con nosotros.
Esto último me recuerda la imagen que veo todos los días al despertar,
ya que está pegada en la puerta de mi ropero, de manera tal que literalmente es
lo primero que veo al abrir los ojos desde mi cama:

Debajo de esa imagen, la Lali de hace tres años atrás escribió: Llenarse de vida, dejarse sorprender, dejarse ser...
¿Te animas a dejar el paraguas en casa al empezar cada día? ¿Te animas a
dejarte llevar como hojas por el viento a recorrer caminos viejos, pero con
ojos nuevos? ¿A llenarte de vida, a dejarte sorprender? Quizás si te animas, o cuando te animes, descubras que no sos el único,
que somos muchos “locos” queriendo disfrutar de lo cotidiano, de lo chiquito,
de lo simple, y entonces ya no estamos más solos, vamos juntos…

