sábado, 16 de agosto de 2014

Caminos del viento

Pongámonos en situación: una tarde cualquiera de otoño, un sol radiante y un fuerte cielo celeste, parada en una esquina esperando que venga el colectivo. Aclaro que, hablo yo pero somos vos y yo los que estamos en esa situación. Corre una brisa no muy fría. Cierro  los ojos convirtiendo el soplo del viento en un abrazo.
Levanto mi cabeza y logro ver como la caricia del viento mueve las ramas que hay sobre mí, movimiento que logra arrastrar con él hojas de colores cálidos. La imaginación traza en mi mente un mapa gigante donde la trayectoria de esas hojas marca viajes inesperados, caricias de la naturaleza para quienes estén atentos a ellas.
La llegada del micro interrumpe mis pensamientos. Confieso que me gusta viajar, sobre mar y aire me ataca un poco el vértigo, el tren y el colectivo son mis favoritos.
Simplemente Viajar… ¿no les paso alguna vez quedarse sencillamente maravillados por los encuentros que se producen a nuestro alrededor cada vez que viajamos?
Me gusta mucho el estación a estación, o de terminal a terminal, ver a familias reencontrarse o despedirse, ver a parejas iniciar un viaje juntos con todo el entusiasmo, ver a niños inquietos por tener que estar sentados, cuando en realidad quisieran estar explorando cada rincón de ese vehículo en movimiento. Definitivamente me gusta viajar, me gusta lo que me encuentro, me gusta escuchar conversaciones ajenas y crear historias en mi cabeza, me gustan las miradas encontradas con desconocidos, me gusta saber el título de cada libro que me encuentro en manos de algún lector empedernido, que usa cada minuto del viaje para abstraerse en ese compendio de palabras.
En esto de volver a poner la mirada sobre lo cotidiano, compartiéndote lo que me hace bien, para que te preguntes y busques qué es lo que te hace bien a vos, pienso en que quizás muchas veces los tiempos acelerados de la rutina y la fuerza de  nuestras propias exigencias (a veces provocadas por las expectativas de otros, a veces creadas por lo que nosotros mismos creemos que otros esperan de nosotros) nos impiden ver los pequeños milagros, la lluvia de emociones, las pequeñas caricias del mundo para con nosotros.
Esto último me recuerda la imagen que veo todos los días al despertar, ya que está pegada en la puerta de mi ropero, de manera tal que literalmente es lo primero que veo al abrir los ojos desde mi cama:



Debajo de esa imagen, la Lali de hace tres años atrás escribió: Llenarse de vida, dejarse sorprender, dejarse ser...
¿Te animas a dejar el paraguas en casa al empezar cada día? ¿Te animas a dejarte llevar como hojas por el viento a recorrer caminos viejos, pero con ojos nuevos? ¿A llenarte de vida, a dejarte sorprender? Quizás si te animas, o cuando te animes, descubras que no sos el único, que somos muchos “locos” queriendo disfrutar de lo cotidiano, de lo chiquito, de lo simple, y entonces ya no estamos más solos, vamos juntos…

martes, 12 de agosto de 2014

Darle tiempo y lugar a la pasión.


Domingo 00:12
Hace 12 minutos termine de ver la sexta película del fin de semana. Un fin de semana en el que quería liberar mi cabeza, después de unas inexistentes vacaciones de invierno, ya que me las había pasado estudiando para rendir finales.  
La primera película fue Not another happy ending . No es otro final feliz. Supongo que naturalmente me siento atraída por ese tipo de títulos. Títulos que auguran una película con buenos toques de romance, de esos que me hacen volver a la adolescencia, a los sueños de un gran amor. Vale aclarar que quien escribe se declara una romántica incurable, hecho a regañadientes asumido, pero por lo menos, de alguna u otra manera canalizado.
En fin, película británica sobre una escritora, su anhelo de ser publicada, y muy por el fondo, las razones de por qué, o cuándo sucede que uno escribe. Pregunta que se hace el editor de esta escritora cuando ella se bloquea y no puede terminar su nueva novela. Pregunta cuya respuesta para él es que ella escribe cuando se siente miserable, decidiendo así arruinar su vida. La trama avanza y mucho más no te voy a decir porque tenés que mirarla.
Terminó mi fin de semana de películas con Stuck in love. Nuevamente me encuentro con escritores, con libros y un mix de música que logran una armonía que desvela mi corazón y le recuerda cosas que la rutina le hace olvidar, o creer que son renunciables y no son prioridad. Fondo negro, aparecen los créditos, y como siempre que algo me atraviesa el corazón, surgió la necesidad de compartirlo con alguien. Y sabía perfectamente con quien. 
Sin siquiera esperarlo terminamos en un intercambio de palabras que desataron mis manos y las impulsaron a empezar a escribir, a volver a escribir. “Ya volverás a escribir, ya lo vas a necesitar nuevamente y vas a escribir otra vez” me dijo. Y esa fue como la señal de largada para mis dedos, ya que las películas me atravesaron como flechas de manera inesperada: ¿Por qué escribía cuando lo hacía? ¿Por qué lo necesitaba? ¿Por qué ahora no puedo escribir, o no me doy el tiempo?
Lo primero que pensé fue que antes no tenía con quien hablar, siempre fui rara para relacionarme, siempre tuve muy pocos amigos, y quizás esa podría haber sido una buena razón para refugiarme en la lectura y la escritura, pero sentía que esa respuesta no me bastaba.
Entonces recordé, escribía (y escribo) no sólo por mí. Escribo para poder exteriorizarme, para poder descomprimir mi cabeza, para desagotar mi corazón. Escribo también por lo demás, porque quiero que puedan experimentar, vivenciar, imaginar, soñar, porque creo que cada palabra es liberación, para mí, para el otro… libertad. 
Pufff esas últimas palabras salieron como un largo suspiro, resultaron ser como la bocanada de aire que necesitaban mis pulmones literarios. Y recordé una frase que me llamó la atención en la primera película que vi: “No tenés que ser miserable para escribir, lo haces porque tenés que hacerlo, porque te come por dentro si lo intentas ignorar. Porque si no escribís es como si estuvieras muerto”.
Siempre sostuve que cuando uno escribe deja parte de su alma con el otro. Pero lo cierto es que cuando el otro lee, también está haciendo suyas esas palabras cuando halla en ellas parte de su propia alma. Cuántas almas gemelas rondaran por el mundo y que no lo saben, ni lo sabrán, porque cuando uno escribe suelta sus palabras para quien las quiera agarrar, para que lleguen a quienes tienen que llegar, casi como en una predestinación.
Hablar de libros, de música, de películas, me recuerdan esa gran frase del Secreto de sus Ojos: “El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar Benjamín. No puede cambiar de pasión.” Y yo no soy la excepción, sólo que a veces me olvido, o dejo que la rutina me haga olvidar, que a las pasiones también hay que darles tiempo y no renunciarlas al fondo de nuestra agenda.

No me quiero ir, no quiero que termines de leer sin que te preguntes ¿Cuánto tiempo le das a tus pasiones, a esas cosas que te liberan y te hacen feliz? ¿Dejas que te gane la rutina? ...

Luna

Contempla en secreto
El encuentro y alegría
De dos enamorados.

Guarda con esperanza
El sufrimiento y el llanto
De los inocentes.

Observa con emoción
La búsqueda de un príncipe
Por su amada.

En una noche donde las estrellas cubren el infinito.
Descubre la soledad de muchos corazones
Que andan en busca de nuevos amores

Espectadora de amores y odios
Testigo mudo de guerras e injusticias
Guarda en su interior la esperanza
De algún día poder alcanzar a su compañero de aventuras
Y al fin en el infinito del universo encontrarse con el sol.


Laura
 16/12/2006