Domingo 00:12
La primera película fue Not another happy ending .
No es otro final feliz. Supongo que naturalmente me siento atraída por ese tipo
de títulos. Títulos que auguran una película con buenos toques de romance, de
esos que me hacen volver a la adolescencia, a los sueños de un gran amor. Vale aclarar que quien escribe se declara una romántica incurable, hecho a regañadientes asumido, pero por lo menos, de alguna u otra manera canalizado.
En fin, película británica sobre
una escritora, su anhelo de ser publicada, y muy por el fondo, las razones de
por qué, o cuándo sucede que uno escribe. Pregunta que se hace el editor de
esta escritora cuando ella se bloquea y no puede terminar su nueva novela.
Pregunta cuya respuesta para él es que ella escribe cuando se siente miserable,
decidiendo así arruinar su vida. La trama avanza y mucho más no te voy a decir
porque tenés que mirarla.
Terminó mi fin de semana de
películas con Stuck in love. Nuevamente
me encuentro con escritores, con libros y un mix de música que logran una
armonía que desvela mi corazón y le recuerda cosas que la rutina le hace
olvidar, o creer que son renunciables y no son prioridad. Fondo negro, aparecen
los créditos, y como siempre que algo me atraviesa el corazón, surgió la
necesidad de compartirlo con alguien. Y sabía perfectamente con quien.
Sin siquiera esperarlo terminamos
en un intercambio de palabras que desataron mis manos y las impulsaron a
empezar a escribir, a volver a escribir. “Ya volverás a escribir, ya lo vas a
necesitar nuevamente y vas a escribir otra vez” me dijo. Y esa fue como la
señal de largada para mis dedos, ya que las películas me atravesaron como
flechas de manera inesperada: ¿Por qué escribía cuando lo hacía? ¿Por qué lo necesitaba?
¿Por qué ahora no puedo escribir, o no me doy el tiempo?
Lo primero que
pensé fue que antes no tenía con quien hablar, siempre fui rara para
relacionarme, siempre tuve muy pocos amigos, y quizás esa podría haber sido una
buena razón para refugiarme en la lectura y la escritura, pero sentía que esa
respuesta no me bastaba.
Entonces
recordé, escribía (y escribo) no sólo por mí. Escribo para poder
exteriorizarme, para poder descomprimir mi cabeza, para desagotar mi corazón. Escribo
también por lo demás, porque quiero que puedan experimentar, vivenciar,
imaginar, soñar, porque creo que cada palabra es liberación, para mí, para el
otro… libertad.
Pufff esas últimas palabras salieron
como un largo suspiro, resultaron ser como la bocanada de aire que necesitaban
mis pulmones literarios. Y recordé una frase que me llamó la atención en la
primera película que vi: “No tenés que ser miserable para escribir, lo haces
porque tenés que hacerlo, porque te come por dentro si lo intentas ignorar.
Porque si no escribís es como si estuvieras muerto”.
Siempre sostuve
que cuando uno escribe deja parte de su alma con el otro. Pero lo cierto es que
cuando el otro lee, también está haciendo suyas esas palabras cuando halla en
ellas parte de su propia alma. Cuántas almas gemelas rondaran por el mundo y
que no lo saben, ni lo sabrán, porque cuando uno escribe suelta sus palabras
para quien las quiera agarrar, para que lleguen a quienes tienen que llegar,
casi como en una predestinación.
Hablar de
libros, de música, de películas, me recuerdan esa gran frase del Secreto de sus
Ojos: “El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia,
de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar Benjamín. No puede
cambiar de pasión.” Y yo no soy la excepción, sólo que a veces me olvido, o
dejo que la rutina me haga olvidar, que a las pasiones también hay que darles
tiempo y no renunciarlas al fondo de nuestra agenda.
No me quiero ir, no quiero que termines de leer sin que te preguntes ¿Cuánto tiempo le das a tus pasiones, a esas cosas que te liberan y te hacen feliz? ¿Dejas que te gane la rutina? ...
Me encantó! Gracias! Sobre todo por las preguntas...
ResponderEliminarTambién me pregunto si todas las pasiones liberan y plenifican.
Nos seguimos leyendo!
Juan